El Señor Esclavo duerme de boca hacia la cama, no le gusta dormir de espalda porque dice que amanece mareado, se levanta siempre con el pie derecho, se baña con agua ni tan fría ni tan caliente (como le gusta) y se lava los dientes con Colgate, como le sugieren todos los dentistas de la propaganda.
El Señor Esclavo sólo usa ropa de marca y mira mujeres rubias; elige desear el estereotipo de belleza que la sociedad le impone y lo adopta como suyo en tanto hace uso de su libertad. Sus zapatos cuestan más que un mes de almuerzos y su corbata hace juego con sus ojos... o eso cree.
El Señor Esclavo gusta de la buena música; sólo música de salón o bailables. Siempre a la última moda, ve televisión por cable y se culturiza viendo el Discovery Channel; la semana pasada descubrió una interesantísima historia sobre los trenes en América y decidió que iría Estados Unidas en vacaciones.
El Señor Esclavo usa autos último modelo. La gente le dice que necesita sólo uno, pero su padre siempre le dijo que para qué correr si puedes volar; él entendió Ferrari.
El Señor Esclavo tiene un nombre Inglés, que va acorde con su apellido seleccionado de una larga lista de nobleza. De él se ufana ante sus amigos y sonríe con un Martini en la mano. No toma Martini, pero le parece que suena adecuado.
El Señor Esclavo fue a la mejor escuela y obtuvo la mejor educación; sabe hablar varias lenguas y toca el violín. Detesta la gente sucia, las uñas mal cortadas, el pelo grasoso o los malos modales en la mesa. Además, escribe con palabras elegantes.
El Señor Esclavo sabe elegir; tiene en su mente un cúmulo de cultura impresionante y aún así, cuando aquella niña, no tan rubia, no tan fina, no tan elegante, lejana al Ferrari y a los bailes de salón, le dijo que estaba embarazada, la golpeó sin clemencia y huyó... Porque al final, hijo de un estúpido mundo, el Señor Esclavo es esclavo de sus pasiones y de su insensible y vanal tiempo.
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